lunes, 22 de julio de 2013

DOMINGO MIRAL, QUI BIEN FA NUNCA LO PIERDE

Retrato de Pallarés


O retor d'a Unibersidá de Zaragoza la publiqué en1903, chunto con o sainete tituláu Tomando la fresca en la Cruz de Cristiano o A casarse tocan.

PERSONAJES
PEDRANGEL, joven cheso, labrador de familia acomodada.
EMILIA, joven chesa, como de 20 años de edad.
JERONIMO, hermano de Emilia, cheso rico, como de 35 años.
JUANITO, estudiante clavera, que no puede terminar la carrera de Derecho.
FELIPE, RICARDO, CELESTINO, mozos labradores amigos de Pedrangel
MARIGUSEFA, chesa de gorguera, como de 50 años.
ESTEFANIA, MARINGRACIA, TERUBIA, chesas de distintas edades.
PASCUALET, JUSE, SEBASTIÁN y otros, muchachos de 14 a 18 años.


ESCENA PRIMERA
(El escenario representa una sala decorosamente amueblada, en la que están Jerónimo y Emilia, paseando él y sentada ella).
Jerónimo y Emilia.
Jer.     Con que, tú verás que ye lo que más te conviene.
Em.     Pero oye, ¿no me pués dishar en paz y no encenderme más la sangre?
Jer.    ¡Ah perra! Ojalá podeshe disharte estar y no alcordarme más de tú, como si no hi fueses en el mundo.
Em.    ¡Ay chico y qué ganas de mortificarme has!
Jer.    Pero oye: ascuita y no sigas tozuda; ya sabes que siempre te he dáu prebas de quererte muyto más de lo que tú merecebas, vusotras hez los cascos vacíos y se vos implen de fumo, y lo fumo estorba la vista, y no podez vier lo que hez debán de las narices; en lo que agora mismo vo á explicarte y á relatarte no busco ningún interés, porque intereses me sobrab, ni quiero ningún apoyo porque no l'hé menester.
Em.    Pero ¿qui te dice semejante cosa?
Jer.    Calla y no alientes ni respires: además de la gran alegría que habría lo día en que vos podese acompañar ta la Iglesia y vieros felices y dichosos, a tú, porque habrías conseguiu lo más arrogante mozo y l'hombre de más prendas que vihá en Hecho y Ansó, y á él, porque tampoco habría mala suerte con tú, porque yes triballadera y no te falta cabeza y te conozco bien, y sé que li convienes: además de todo esto, digo, he escritas en las mismas entretelas de lo corazónlas últimas palabras que prenuncié mi madre, cuando dando ya las últimas bocadas, yera yo inclinau en la cabecera la cama, y heba la cara mía chunta con la cara suya para replegar los últimos suspiros de aquel angel en figura de muller, allora, cuando tú yeras en los piés de la cama rezando y plorando al mismo tiempo, y la muerte estendeba los brazos para segar aquella cabeza, apretándome las manos y mirándome con tristeza, dicié: «¡Por Dios, Jerónimo! Antis que todo y sobre todo, no abandones á Emilia hasta que l'acomodes bien».
Em.   (Compungida y con efusión) ¿Y paqué sacas agora á relucir todo isho? ¡Tú quiés enterrarme viva!
Jer.   T'he dicho que no tartises hasta que yo no acabase; pues bien: yo no sabré dicirte porqué, pero la verdá ye que no me parez que puedo cumplir bien lo'ncargo de mi madre, sino femos lo que te'stó dicindo; si te viese casada con Pedrángel, se m'ensancharían las alas de lo corazón, porque una voz que siento aquí, no en las orellas, sino en lo rincón más escondíu de l'alma, me dice de días y de noches que no pare hasta conseguirlo, que vivo y só en el mundo para isho, para ferte feliz, porque Dios quiere premiar, féndote dichosa ya en esta vida, los muytos méritos de mi madre: allora moriría contento y tranquilo, porque yo li faría á él ishe mismo encargo y se qu'hebaá cumplirlo tan bien como yo mismo.
Em.   Todas ishas palabras son otros tantos puñals que m'atraviesan lo corazón: ¡si sabeses lo que yo sufro desde que vié a Pedrangel! Porque has á saber... ¡pero no! No te lo diré... y si no, sí, quiero que sabas toda la verdá: has á saber que yo quiero a Pedrangel de otra manera que á los demás, lo quiero como si fuese hermano mío, más, como si fuese mi madre; en fin, yo nosé de qué manera lo quiero, pero lo quiero muyto, más que tú, más que su misma madre; nunca heba queríu á ningún hombre de la manera que lo quiero a él, y, sin d'embargo, no m'aima lo que tú me dices y cuando veo que tomas estas cosas con tanto empeño, se m'esgarra lo corazón y querería morirme antis que tener que ascuitar lo que tú me dices.
Jer.     Pues si él te quiere á tú y tú lo quiés á él y yo vos quiero á los dos, ¿porqué no vos hez á casar? ¡Emilia! Algún fado deben haberte dau en Zaragoza; desde que vi'stiés la primera vez yés otra: antis yeras franca, divertida, alegre; cantabas la jota como un canario, dabas conversación á los vecinos y yerás la alegría de lo barrio: agora yes más triste, pensativa y retirada, escapas de la chen, no cantas lña jota, ni fas arrier á los vecinos: antes todo lo'mplibas d'alegría; agora todo l'imples de tristeza y cada vez que te veo así, parez que m'arrancan la mitá de la vida.
Em.    Cuando lo corazón ye triste, no puede estar alegre la cara; tú no sabes lo que ye penar, amés á una muller qu'enseguida te dicié que sí: vos casez y soz felices. Muyto has qu'agradecer a Dios:á mi me trata d'otra manera; debo estar más mala que tú, porque me castiga más: yo amo a Pedrangel, no porque siga güén mozo, ni porque siga rico, ni porque siga valiente, sino porque en la fren lleva'scrita la honradez, la nobleza, la hombría de bien, algo secreto que han los que siempre han estau en estas montañas, y que no ye fácil trovar en la chen de los otros lugás: ya veyes, pues, si habré que sufrir y si he motivos para pasarme tristes los días y las noches plorando: quiero lo mismo que tú quiés y sin dembargo faré lo contrario de lo que tú quiés que faga: tú quiés á Pedrangel y yo lo quiero tamién: pero tú quiés que me case con él y yo no quiero casarme, porque...
Jer.     Gomítalo ya, ¡y acabemos d'una vez para siempre!
Em.    Pues güeno: no puedo casarme con Pedrangel porque so prometida para casarme con Juanito, lo sobrino de l'abogau de Childopez que ye en Zaragoza.
Jer.   (Al principio se queda sorprendido y luego se repone y suelta una carcajada, que indica la satidfacción que le han causado las palabras que acaba de pronunciar su hermana). ¿Y todo ishe ye lo'storbo que has pa casarte con Pedrangel?
Em.     Qué ¿te parece poco?
Jer.    (Suelta otra carcajada de alegría). Pues si que d'isho solo se trata, ya podemos estar arreando en ta Jaca á buscar lo que siga menester y fer enseguida los preparativos para la boda con Pedrangel. (Con ironía). ¡Pero qué agudos son los señoritos ishos de Zaragoza! ¡Claro! Como han tanta labia y son tan largos de esprisión, se pintan solos pa engañar á cualquiera.
Em.     (Sorprendida). No entiendo porqué fablas d'isha manera.
Jer.     No t'apures, muller, que ya lo te faré entender yo: ishe señorito de Zaragoza, á qui tú has dau palabra de casamiento, no ye, ni podrá estar nunca ostáculo pa la boda; si'cíndote yo que l'aborrezcas y que no te cases con él, ensiste agún, yo habré güen cudiau d'icirte lo que en último término te fará cambiar de resolución.
Em.    ¡Menos qu'antis t'entiendo agora!
Jer.    Te digo que no pués casartye con lo Juanito ishe, porque antis que tolerar semejante desatino, me cortarían lo gaznate.
Em.     ¿Porqué?
Jer.    Porque ye un granuja redomau y un pillo de mala ley, que tendrá qu'engañar á otra si quiere algo, que lo qu'es á tú... no lo conseguiría ni aunque yo fuese muerto, con que... mira si lo consegirá estando yo vivo.
Em.    Chico: cada vez m'aturdes más, y si sigues así me ves á fer tornar fata de raso; pero te digo y juro, y requetejuro y torno a jurar, que u no me he casar con ninguno, ú ha'star con Juanito.
Jer.      Calla, Emilia, calla. Más furas que tú son las anollas que corren por la val de Guarrinza, y s'amansan y llevan lo chugo, y labran: á ishe Juanito que dices lo conozco muy bien y sé que ye un calavera de la peor ralea. En Zaragoza todos lo siñalan con lo dedo; dimpués de fer gastar muytos dinés a su tío, ha metíu en guerra toda la familia; no vi ha tabierna que no visite, ni zargata en do no se trove, ni zamborotada perdida que no replegue, ni nuey en que se retire antis de las cuatro de la mañana; y á ishas horas, Emilia, ni la Seo ni el Pilar son abiertos: no será, pues, ni oyendo misa, ni rezando lo rosario.
Em.   (No pudiendo disimular el terrible efecto que le han causado las palabras de su hermano). ¡Jerónimo! Si emprendes ishe camino, vo á pensar que lo que miras y intentas conseguir no ye lo bien mío, sino algo peor; todo lo que acabas de dicir ye mentira.
Jer.   Todo isho lo he averiguau en forma que no puedo dudarlo; ye tanta verdá como l'Evangelio; tú no dudas, tú no pués dudar de las palabras de tu'rmano, porque sabes que tu'rmano nunca miente, agora'scuita lo que te vo á dicir, y asiéntalote bien en la memoria para que no te sen vaya: (Con solemnidad y energía) Si agún sabiendo lo que acabo de relatarte ensistes en casarte con lo zaragozano, tírateme de debán y en jamás me mires á la cara; y cuando mi madre me pregunte desde el cielo por qué no he cumpliu lo'ncargo que me dié antis de morir, li responderé que mientras yeras en el mundo, estié en lo tuyo costau sin disharte un paso; pero que cuando por culpa tuya cayés en lo charco de la deshonra, no te podié seguir y te dishé estar sola, libre y desgraciada; con que elige; ú con lo zaragozano ú con Pedrangel.
Em.   Dios mío: ¡qué ye esto! Si fuese verdá lo que tú dices, pero no, ¡no puede ser! Ye mentira, si m'iciba que me quereba muyto, más que a su alma, más que a su vida, y me juraba amor eterno y prometeba no abandonarme nunca; que antis lo sol disharía d'alumbrar que él de quererme... ¡Ah! ¿pero y si fue verdá? Yo sin honra y sin hermano, una desgraciada; mi madre... Oye Jerónimo, ¡por Dios! No me martirices más, ya te creo, será, si, será verdá todo lo que dices; pero mira (acercándose a una ventana), viene, asómate ta la ventana, mira ta lo Campo Santo, ¿veyes aquella cruz negra que ye cerca de las escaleras de mitá de lo Campo Santo? Pues bien, allí ye la fuesa de mi madre; mira, no por mí, sino por ella, debán de ella, de cara en ta la fuesa; jura que ye verdá todo lo que has dicho.
Jer.     (Con emoción). ¡Lo juro!
Em.    ¡Lo jura! Lo mismo que yo; yo también juré y juré que nunca abandonaría á Juanito, y lo juré en la puerta la Virgen... Éste jura por mi madre, y yo juré por la Virgen de Escagüés... ¡Dios mío!..., pero no (sobreponioéndose), yo no falto á un juramento feito en nombre de la Virgen de Escagüés: (Con entereza) ¡Jerónimo! Seré una desgraciada, pero me casaré con Juanito.


ESCENA II
Dichos y mozos de la rondalla
(En el fondo del escenario que debe figurar una habitación de casa de Emilia, aparece ésta sentada y en actitud meditabunda. Se oye una rondalla, y Pedrangel que la dirige, se acerca a la ventana de la habitación en donde está Emilia y canta con cortos intervalos las siguientes canciones).
Una noche que salié
p'alumbrar á Hecho la luna
s'en reculé de vergüenza
al vier la cara tuya.
Muyta luz vi ha en los cielos
y muyta sal en la mar,
y agún ha la novia mía
más luz y muyta más sal.
Si me queresen robar
á viva fuerza la presa,
tres onsos al mismo tiempo
revulcaría por tierra.
No téspantes muyto Emilia
que puyo por la venta,
ya m'en tornaré a bashar
cuando á tú te dé la gana.
(Emilia recorre intranquila la habitación, como si la impresionaran vivamente las canciones de Pedrangel; su intranquilidad sube de punto cuando oye la última; apenas Pedrangel termina la jota, salta por la ventana y se encuentra cara a cara con Emilia).
Ped.   ¡Emilia!
Em.    ¡Pedrangel!
Em.    Pedrangel; por Dios ¡véten!
Ped.  Emilia: cálmate que ya me'n iré pronto; tan pronto como haya acabau d'icirte lo que m'ha traíu en ta'quí.
Em.    ¡Que ye de noches!
Ped.   No importa.
Em.    ¿Qué dirá la chen, si plega á saber que yes puyau de noches por la ventana?
Ped.   Que digan lo que quieran; si dicen la verdá, no m'importa que la digan; y si mienten, á lo primero que mienta yo li arrancaré la lengua.
Em.    Pero y á mí ¿cómo me meterán?
Ped.   Ni de tú, ni de mí, charrará mal ninguno de lo lugar; nos conocen demasiáu á los dos para que s'atrivan á dicir una palabra ni agún las lenguas más verenosas.
Em.    Di, pues, lo qu'hayas á dicir y veten pronto.
Ped.   No vi ha tanta prisa, Emilia, basho son los que veniban en la ronda y ellos y todo lo lugar saben muy bien á qué so veníu esta noche en ta quí.
Em.    Amos, fabla en seguida.
Ped.  Feba muy pocos días que yeras puyada de Zaragoza, cuando desde lo cobertizo de Luk, te vié pasar ta misa: habié lugo ocasió de saludarte, y como vié que por haber estáu en Zaragoza no te yeras tornada orgullosa y yeras tan maja y yo sabeba que yeras güena y triballadera, empecé a pensar en que podría casarme con tú, si tú me querebas. Procuré, como tú sabes, vierte más a menudo, fablarte más qui antis y d'otra manera, con más voluntá, con la cara alegre; que siempre s'alegra la cara cuando se trova á qui bien se quiere; tú no me febas mala cara, ni me mirabas con malos ojos: á mí me pareceba que todo marchaba al pelo y, francamente, plegué á haber esperanzas de que algún día los sueños que yo heba todas las noches se tornasen en una realidá.
Em.    ¡Tú no sabes lo qu'ha pasau con mi'rmano!
Ped.   Sí, Emilia; lo sé todo y sé tamién que tu'rmano ha un corazón muy noble y que no vi veye más que por los güellos tuyos y que te quiere más que á su vida y que sufrirá muyto, si tú no abandonas ishe camino qu'has emprendíu.
Em.     Fabla pronto lo qu'hayas á fablar, porque yo me torno loca y no sé lo que me pasa.
Ped.  Viengo á dicirte que ya querería que te casases con mí: siempre t'he queríu muyto; desde que puyés de Zaragoza, lo que yo he por tú, no ye ya cariño; ye algo más fuerte, una especie de locura, una manera de rabia, una luz en lo celebro que m'alumbra con muyto resplandor, pa vierte á tú de días y de noches, en casa y en lo campo, cuando so solo y cuando so con chen; y un fuego en lo corazón que m'abrasa l'alma y me enciende y me consume y amenaza tornarse en una shera que m'ha cremar hasta los tuétanos: ¡ah! Yo querería agora saber charrar como los de Zaragoza para dicírlote todo y ferte vier todo lo que yo te quiero: mira; tú yes pa mí, como un cristal de color de rosa; si miro con ishe cristal, ¡que hermoso lo veo todo! Ishos bushacals me parecen jardins; los pinás, matas de pelo de moras encantadas; los trigazals, ríos de oro; las bordas, nidos de palomas turcaces; y Hecho, este hermoso lugar nuestro, un paraíso. Agora comprendo lo que dice el cura cuando nos fabla del cielo, los que viven gozan muyto y son dichosos mirando à Dios, porque ye muy hermoso; mirándote yo á tú que yes obra suya, veo lo que deben gozar los santos, mirando a Dios; pero si pienso que ni tú has á istar pa mí, ni yo pa tú, ¡ah! Allora lo veo todo negro, muy negro: miro t'al cielo y me parez que las estrelas no resplandecen ya, y se visten de luto; las voces de la guitarra me parecen voces de condenáus que se están burlando de mí; las esquilas de los abríos, campanas que tocan á muerto; este valle, un Campo Santo grande; y Hecho, un infierno: agora comprendo la razón qui heba lo maestro cuando nos amostraba la dotrina y iciba que á los condenáus en lo infierno, más que lo fuego los fá padecer agún lo no vier á Dios; no viéndote yo, penaré más que los condenáus en lo infierno...
Em.    (Interrumpiendo). No sigas; que no puedo resistir más.
Ped.    Sí Emilia: so veníu á isho, á dicírlote todo y á ferte vier que tanto...
Em.    No; no sigas; lo sé y lo veo todo; yo te quiro lo mismo que tú a mí, y no he menester decírlote, porque tendría que repetirte lo mismo que tú m'has dicho: la cosa ye bien clara. Tú, feliz si te casas con mí; yo infeliz y desgraciada de todas las maneras: si me caso con tú, porque m'atormentarán la conciencia los remordimientos por no haber cumplíu un juramento feito en nombre de la Virgen d'Escagüés: si mecaso con Juanito, porque no podré olvidarte nunca, y cada vez te quereré más y viviremos en un infierno.
Ped.   Espera, deshame acabar; un rayo de luz parez que m'ha ilumináu lo celebro en este instante; pa'ntrar en casa nuestra hebas a'sgarrar, estando de Hecho, ishe juramento qu'has feito á la Virgen d'Escagüés: isho no puede estar cosa güena, un cheso no recula nunca si ha empeñáu la palabra y si la ha comprometido estando de testigo la Virgen d'Escagüés, imposible que recule; t'aborrecería si así lo feses: Emilia ¡cásate con Juanito!... Yo... yo no habré nunca más alegría que la de vierte á tú feliz, seguiré queriéndote como hasta agora, si algún día eses á menester algo, aquí seré yo pa darte á comer, si fueses pobre; pa consolarte, si fueses triste; y pa defenderte, si fueses perseguida; agora men iré'n ta casa y allí m'enzarraré, porque pa mí ya s'ha acabáu todo y no vi ha más mundo qu'isha fuén de tristeza que he en lo corazón.
Em.     Pero, Pedrangel; ¿yes convencíu de que yo no puedo fer otra cosa?
Ped.  Sí, Emilia, entre sacrificar la concencia tuya y sacrificarme á mí, la elección no ye dudosa; á mí me basta saber que tú m'has correspondíu, anque no te siga posible fer lo que tanto tú como yo quereríamos; lo demás, Dios dirá; que por muytos años vivaz y podaz disfrutar los dos y sigaz felices; yo, por un costau querería vierte todos los días, porque cuando te veo parez que un rayo de luz m'entra ta l'alma, que según ya de triste, debe'star más escura que la boca lo lobo; por otro costáu, me parés que será mejor, cuando siga solo, sin fablar, sin vier á la chen, retiráu en alguna espelunga ú en alguna cueva escura, ta do no vi pleguen los rayos de lo sol, pa que posándome en lo más fondo de la cueva, me trove allí, solo, cara á cara con la concencia, con la tristeza isha que me vé consumindo l'alma y li plante cara y vea si puedo resistirla y dominarla y vencerla; y cuando la cabeza se me canse de pensar siempre en una misma cosa y no puede seguir ya pensando en la mala suerte mía, allora saldré como un loco de la cueva, y basharé ta los barrancos, y m'acarrazaré por las peñas, y buscaré á las fieras en las mismas cinglas en do hayan los cachurros, y las esperaré y me barallaré con ellas cara á cara y á manos limpias, con tanta furia y con tanta rabia como si ellas n'hesen la culpa de que yo nacese con tan mala estrela; con que, Emilia, lo dicho y hasta otra.
Em.    ¡Pedrangel!
Ped.    ¿Qué hay?
Em.     ¡Que no puedo! Que vo cayer enferma, que no puedo resistir más.
Ped.    Ánimo, Emilia, y no olvides lo juramento. ¡Adios!
Em.     ¡Adios!
Ped.   (Salta por la misma ventana y Emilia se deja caer medio desplomada en una sella; vuelñven á sonar los instrumentos de la rondalla y Pedrangel se despide con la siguiente canción):
Como de lo Campo Santo
me despido d'esta casa;
porque la'speranza qu'heba
aquí la desho enterrada.


ESCENA III
Felipe, Ricardo, Celestino y algunos mozos más, sentados en la puerta del estanco.
Fel.    ¿No sabez lo que li ha pasáu á Pedrangel?
Ric.    No he sentíu nada.
Cel.    Ni yo tampoco.
Fel.    Pues no sería nada extraño que li costase la vida.
Ric.    ¿Qué ha estáu pues?
Fel.    Que ya no se casa con Emilia.
Cel.    No puede ser: isho ye mentira.
Fel.    ¿Quí t'ha dicho a tú que ye mentira?
Cel.   Yo que lo sé: porque no fa muytos días que'stié yo charrandp con Jerónimo y con ella, y fablemos precidamente de Pedrangel; pues no'stié mala la jobanada que li dieron, lo mismo él qu'ella. Muyto vale Pedrangel, pero táseguro que ninguno d'ellos lo disharña cayer.
Fel.    Mira, qué agudo; y ¿qué tiene que ver isho con lo casamiento?
Cel.   ¡Ah! ¿qué no ha que ver?
Fel.    Nada, hombre, nada; si no n'has acertar nunca ninguna.
Cel.   Pero, ¡mira que tamién ye triballo con lo mozo este! No has abrir la boca que ya l'has encima como un perro de presa.
Fel.    Pues claro, hombre; si no'n preshinas ninguna de verdá.
Cel.   Vaya, chico, no me corrompas más la sangre, porque ya so más cremáu que la pipa de Marcantón; agora mira si ye ú no ye verdá lo que yo digo; iciba lña zagala isha que ni en Hecho ni en Ansó vi heba un mozo tan cabal como Pedrangel; que li gustaría muyto haber un retrato de Pedrangel, feito por un retratista de Zaragoza; que dichosa la muller que se casase con él, y otras muytas cosas que me callo y que solo las podeba dicir la que hese intención de casarse con él.
Fel.    Cada vez me vo convenciendo más de qu'has los cascos vacíos, así charrasez y fesez lo que fesez con Jerónimo ú con Emilia ú con qui quiera se siga. Pedrangel no se casa con Emilia; y sabes por qué, fato de raso, que'n yes más qu'una caparra, porque esta noche somos estáu con él y hemos íu en ta casa suya, y la ha cantáu á Emilia, y ye puyáu, mas que á convencerla, porque ya sabebe por su'rmano que se heba á casar con Juanito, á dicirli que la quereba muyto, que no pudiendo casarse con ella no se casaría con ninguna otra muller, y que seguiría queriéndola, y que, por vierla feliz, nada l'importaba estar él un desgraciáu, etc., etc.; lo sabes agora, desequilibráu, que pareces un desequilibráu.
Cel.   Mira, chico, déshame'star en paz, que te valdrá más, oyes; yo isho sintié, y cualsiquiera que l'hese sentíu, hese pensáu lo mismo que yo.
Ric.  ¡Pos tamién ha alma que un enreadoracho como ishe de Childopez li tire la novia á Pedrangel! Bien fato ye; lo qu'es a mí, no la me faría: t'aseguro que no n'heba haber güelta güena: antis li daba una talapizada que lo'squinazaba.
Fel.   ¡Oh! Si por dar talapizadas fuese... pero Pedrangel ye un hombre como vi n'ha pocos, porque con él se lleva la razón qui l'ha, siga hombre ú muller, siga rico ú pobre; ¡ojaláfuesen así todos los jueces!
Ric.    Pero ¿qué razónnio qué niño muerto? Y ¿por qué ha la razón lo'mbusteracho ishe?
Fel.    No lo sé; chico; pero cuando él lo fa, por algo será.
Ric.   Lo qu´hébanos á fer, no dishar entrar de lo puen de la Torre en ya cá á ningún pijaito d'ishos porque no vienen ta lo lugar más que á'storbar y á ferte cremar la sangre; porque hasta que pasa Setiembre y sen ven todos, ellos son los amos de lo lugar; ellos los que pasían, los que rondan, los que fan los bailes y se llevan la gran vida, mientras tú tribalas á lomo calién; y si alguna vez quiés divertirte, ya te pués estregar las uñas tocando la guitarra, que como ellos sigan cerca (y vi son siempre), todas las mozas sen ven ta lo suyo baile.
(Pedrangel se acerca al grupo de mozos y dice):
Ped.  ¡Buenas!
Fel.   Buenas, Pedrangel.
Ped.  ¿Qué hay?
Fel.    Mira, aquí'stamos pasando¡l tiempo.
Ped.  Bien me parece.
Cel.  (Después de un corto silencio). Parece qu'stás muy serio, Pedrangel. Qué, ¿ocurre algo?
Ped.   Psh; cosas de la vida.
Ric.   Perp, qué ¿ye verdá lo que Felipe nos estaba contando agora?
Ped.  Güen medio n'he de contestar, si no t'explicas mejor, chico.
Ric.    Isho de Emilia: qu'iz que t'has baralláu con ella.
Ped.  Tanto como barallarme, no; pero algo vi ha.
Ric.    Pero, ¿vos hez á casar ú qué?
Ped.   ¡Parez qu'has muyto interés en saberlo!
Ric.   ¿Interés? Branca ni meya, chico; lo qu'es por mí bien segura l'has, en ta la feria de Berdún llevaría la muller mía, si sabese qu'heba á trovar comprador; ¡ah! Qui li n'ese berruntáu, pa ratos m'apareja, pero, dishando aparti las chanzas, si ye verdá todo lo qu'aquí s'ha dicho, no sé como has pacencia pa'guantarlo.
Ped.   Pero ¿qué s'ha dicho?
Ric.   Que Emilia se casaba con lo sobrino de l'abogáu de Childopez.
Ped.  Si isho han dicho, ye verdá.
Cel.   Claro, lo de siempre; tú llevas calzons, has las manos duras de manejar la falz y l'asháu, y anque no siga curta l'hicienda qu'has, li aimará más casarse con un siñor que lleve pantalons, y no triballe, y se esté siempre en casa y pueda llevarla ta Zaragoza y comprarli perifollos.
Ric.  Lo que yo iciba'ntis; á todos ishos señoritos, ú itarlos de la Cruz en ta basho, ú cuandomenos didharlos pasar de lo torrillón en ta vá.
Ped.   Lo mismo ye isho que truco.
Ric.    Pues, chico; no vayas á pensar que costaría muyto tirarlo de debán; casualmente todos los días lo te trovas solo por ishos cerros de Campo Vaqué y Vardespetal.
Ped.   Vergüenza hebas haber d'icir ni agún en chanza una infamia como isha; se conoce que no sabes con qui charra pa atrevirte a fer semejante proposición: en Hecho, Ricarso, no vi ha traidós, y menos agún traidós cobardes; y si vi n'hese alguno, ya pués asegurar que ú no sería nacíu en Hecho, ú no habría sangre chesa.
Ric.    Chico, chico; no hay qu'apurarse. No pensaba que l'hebas á tomar tan á pecho.
(Los gritos que se oyen interrumpen la conversación. Un grupo de muchachos grita desde fuera del escenario, y como formando coro):
Much. Pelaaaire... pijaaaito... tiriiilla...
Jua.   Si vuelvo, os cruzo la cara de una bofetada. (Juanito habla también desde fuera del escenario).
Much. Pelaaaire... pantorrillas de grillo...mu,u,u...
Jua.    Que le voy á romper las muelas al primero que caiga en mis manos.
Much. Creba-muelas... pijaaaaito... cara de trufas aguachinadas... mu,u,u...
Jua.    ¡Habrase visto cosa más salvaje y escandalosa!
Much. Roncesvalles... tiriiilla... esfullina-chamineras...
Jua.    ¡Ah! La culpa la tienen vuestros padres por no educaros como deben.
(Adelantándose uno de los muchachos más crecidos, José, y disputa con Juanito).
José   ¿Qué ye isho que ha dicho usté de los padres?
Jua.    Que sois unos groseros y estais muy mal educados.
José   Güeno; pero yo no li pregunto eso: digo que ¿qué decía usté de los padres?
Jua.    ¡Habráse visto descaro! Aún querrán exigirme cuentas.
José  Güeno; ya sabemos que nusotros somos descarados y que no aprendemos cuentas, porque no nos las amostraron, pero yo li digo á usté que qué dicié antis de los padres.
Jua.   Que tienen ellos la culpa de que vosotros seais tan sulús y tan cafres.
José  ¿Sabe lo que li digo? Que á nosotros diga usté lo que quiera, pero de mi padre usté no dice una palabra, porque en una puñada li chafo los morros; con que ú retira ishas palabras ú ya l'ha'n-ncima. (Vienen a las manos, apostrofándose mutuamente. José saca una navaja y Juanito huye aterrado pidiendo auxilio: entre en el escenario huyendo. José le persigue navaja en mano y Pedrangel de un salto se coloca entre aquellos).
Ped. (A José) Tírate d'aquí ú t'arreo una mushicada que t'arranco mey'ucena de muelas.
José  ¡Fuera! Que li he sacar los figados á ishe embusteracho.
Ped.  Desha isha novalla ascape.
José  No me da la gana. (Pedrangel pega una bofetada a José y éste cae rodando por el escenario; se levanta, medio llorando de rabia, y se encara con Pedrangel; acuden en su ayuda algunos de sus compañeros).
Sebastián (A Pedrangel) ¿Y por qué li has á dar a Jusé?
Ped.   Si pillo la tranca isha, vos slomo á todos (Juanito está atemorizado junto á los amigos de Pedrangel).
Seb.   ¿Qué te piensas tú, que no vi ha más qu'slomar?
Ped.   Nirnos: más os vale jopar d'aquí: ya no vos podría cayer mejor lotería que acabarme la pacencia y que vos emprendese á lomadas.
Antonio (Amenaza a Juanito con las manos, y como a hurtadillas, para que no lo vea Pedrangel, le dice:) ¡Ah, embusteracho! Ya te daré yo ya: en do te pillemos t'hemos á matar á zumbadas.
Pedro (Dirigiéndose a Juanito en la misma forma). A la primera volada que t'arree, t'he fer una gusanera así. (Indica la extensión, formando como un círculo con los dedos pulgares é índices.- Los muchachos se retiran refunfuñando y amenazando a Juanito).
Jua.   (Sin reponerse del susto todavía, dice con la voz entrecortada y sollozando). No he visto en mi vida atrevimiento igual; sino por ustedes me linchan, vaya si me linchan; ¿y porqué? Venía yo tan pacífico por la plaza a comprar cigarros, y los mozalbetes esos me haninsultado del modo más grosero; y eso no es lo peor; lo peor es que si me descuido, me desuellan vivo. Decididamente, en este pueblo no se puede vivir si no está uno siempre acompañado por una pareja de la Guardia Civil.
Ped.   Pues no ye'stada la Guardia Civil la que acaba de salvarte agora.
Jua.   No; pero sino por vosotros, ya veis qué vida llevo.
Ped.  Así, pues, no será lo lugar tan malo como tú dices porque si de lo lugar son los que te faltan, no son forastés los que te defienden.
Jua.   No cabe duda; este pueblo es para mí un misterio; tanto y tanto había oído hablar de pequeño, cuando estaba en Zaragoza, que me había formado de Hecho una idea muy distinta; allá en Zaragoza conocen mucho a los chesos por contrabadistas y por gente rumbosa, valiente y, en no pocas ocasiones, temeraria, pero ó no es cierto lo que dicen ó este pueblo ha cambiado mucho, porque, vamos... aquí se hace imposible la vida.
Cel.   Pero oye, Juanito: ni en un campo de trigo son todas las cabezas iguals, ni en una viña ha cada cepa los mismos racimos, ni son iguals de sanos; no t'extrañes, pues que en Hecho no sigan todos prudentes que nunca falten á ninguno; por lo demás, ya sabes qu'aquí vi ha madera de muy güen coral.
Jua.   Buenas pruebas me acabais de dar, chicos; yo no sé con qué podré pagaros el favor que me habéis hecho, salvándome la vida: a ti, sobre todo Pedrangel, te estoy muy agradecido.
Ped.   No hay que agradecer nada, chico.
Un mozo Vaya, amonosne ta casa porque ye tardi y la estanquera debe'star ya enm la cama.
Otro    Agún hese tomáu yo mey'ucena de cuartelés: ¡chiquia! María.
Fel.     No contesta: ¡no vis que ye ya otrora! Vaya, adiós.
Todos Adiós.
Ped.   Juanito, espera un momento que t'acompañaré.
Jua.  Gracias; porque esos mocosos son capaces de hacer cualquier disparate. (Vánse todos en distintas direcciones y vuelven enseguida y se hallan solos en el escenario [que debe representar la puerta de la casa de D. Felipe, donde vive Juanito] Pedrángel y Juanito. Mientras dura la escena los muchachos se asoman de vez en cuando al escenario y hacen gestos amenazando a Juanito e indicando que no le acometen por la presencia de Pedrangel).
Ped.   De todo isho no vi ha que charrar una palabra más; como si todo fuese enterráu.
Jua.    Sí, Pedrangel; pero es el caso...
Ped.   No hay caso que valga: fez que vos he dicho, y en paz.
Jua.   (Aparte, mientras Pedrangel enciende un cigarro). Hablo más que un sacamuelas, y sin embargo al encontrarme frente a este hombre, no sé lo que me pasa; se me aturde la cabeza y no puedo articular palabra; es que su corazón es más sano, su intención más pura, y su alma más limpia que la mía; y el que es bueno queda airoso aún en los trances más difíciles. (Dirigiéndose a Pedrangel). ¡Pedrangel! Yo no sé tampoco lo que me pasa; tu manera de proceder me roba la tranquilidad; cuanto más empeño tienes tú en que me case con Emilia, y más libre me dejas el campo, más sufro y más agitado estoy y veo más lejos el día de mi felicidad; no lo dudo, no puedo dudarlo: tu grandeza de alma es como un espejo en que veo yo la pequeñez y las negruras de mi conciencia. ¡Pero si no puede ser de otro modo! Emilia, un ángel; tú, un héroe y un santo; yo, un escarabajo, que he vivido siempre en muladares asquerosos e inmundos: ¿cuál ha de ser el resultado? Este: que vosotros, en medio de vuestro infortunio, agobiados por la desdicha, separadas en flor vuestras ilusiones, rodeados de calamidades por todas partes, sois felices y os mostráis grandes y generosos, con la sonrisa en los labios, porque tenéis el alma sana y resuleta a luchar con el infortunio; yo, en medio de la abundancia, con un rival de amores, que en vez de ser un estorbo, me despeja el camino, en vísperas de casarme, con un brillante porvenir, sufro y duermo intranquilo, y soy un desdichado que no tiene paz en el alma, ni alegría en el corazón. Tú, siendo un desdichado, eres feliz, y todos te admiran y quieren bien: yo, siendo feliz, vivo miserablemente, y todos me desprecian y me odian.
Ped.  De todo n'has tú la culpa: muy mal feito ye cometer un crimen, pero ye muyto peor ocultarlo dimpués de feito: tú has lleváu una vida arrastrada, siempre chugando, siempre borracho, siempre dando que fablar á todo el mundo; conociés á Emilia y li faciés crier lo que no yera verdá, facié caso de todos los embrollos tuyos, y acabé por cayer en lo cepo que tú li hebas plantáu, prometiéndote que se casaría con tú; tú, si t'hese conveníu, heses faltáu a tu palabra y t'heses casáu con otra; ella juré casarse con tú, y no quiere faltar á ishe juramento: isha ye la diferencia que vi ha entre los güenos y los malos. Con que puya-ten en t'alto y á descansar. (Vase Pedrangel y queda solo Juanito).
Jua.  ¡Nunca he visto cosa igual! Hasta ahora no creía, pero desde ahora creo en la virtud. ¡Este hombre, dispuesto a llegar hasta el sacrificio con una generosidad sin límites, se salvará y hará que sea yo el sacrificado. (Retírase).


ESCENA IV
(Lugar de la acción, la puerta de Chullana, donde están varias personas tomando el sol. En el fondo del escenario hay tres ó cuatro mujeres, sentadas unas en las peñas que sirven de base a la pared del huerto de Mercader, y otras en banquillos de los que se usan en Hecho. La tía Marigusefa (de unos 50 años y vestida de gorguera) entra por uno de los lados con la rueca en la mano. Un poco aparte y conversando en voz baja, están Ricardo, Felipe y algunos otros).
Marig. Güenas tardis.
Estef. Güenas las te dé Dios.
Marig. ¿Qué fez?
Estef. Ya pués vier: aquí somo tomando lo sol.
Marig. Qué, ¿calienta muyto?
Estef. Tal cual; fa una miqueta de cierzo, pero aquí en lo carasol no fa mal orache.
Marig. Soz muy pocas, chicas, ¿cómo vi ha tan poca chen?
Estef. Porque agún ye trempano... y además, bien podría ser que no puyasen hoy, ni la viella de Catetú, ni la choven de Chiquito... y d'ishas, ya sabes que cada una vale cuando menos tres.
Marig. ¿Porqué?
Estef. Que, ¿no vi'stiés tú en la ensalada d'ayer?
Marig. Si no fablas más claro, no t'entiendo, chica.
Estef. ¡Anda! Si no pensaba que vi vieras estada tu tamién, yéramos ayer aquí en la misma puerta Chullana, una rabañera de mullés, y poco antis d'esconderse lo sol, las habieron las dosque no s'isheron güenas pa fregar: la choveneta isha de Chiquito ye de lo más fino que vi ha, se regüelve lo mismo que si fuese una cullebra pisada y á la viella de Catetu, no vi ha que tirarli nada, porque'n menos que canta un gallo, te gomita por aquella boca más zapos y cullebras que vi ha en lo Soto Oscuro.
Marig. ¿Y por qué se varalleron?
Estef. Por nada, chica; empecé la viella de Catetú dicindo si la choven de Chiquito itaba ú dishaba d'itar ta la'squina de casa suya las piedras que los hombres trayeban para endrezar las cargas de los burros; la choven de Chiquito li contesté, como una desordenada, que yera mentira, que siempre dishaba las piedras en la'ntrada de lo gallizo, y que de vez en cuando las iba sacando en ta la Cruz; pero que si li buscaba la lengua, podría ser que se trovase con algo más duro que las piedras... La viella la clamé desvergonzada, tafalaz, mujer de malos modos, bufaralazos, mora'ncantada, y no sé cuántas cosas más; la otra no la ishé de brosha, chupa-lámparas, entremetida... En fin, no quieras saber lo qu'allí pasé; si no las hésenos deseparáu, agún vi serían agora.
Maringracia (Entra en escena haciendo calcetín y entabla con la Marigusefa el siguiente diálogo): Ola, tía Marigusefa, ¿usté por aquí?
Marig. ¿Pos qué has á fer? Nirna, aquí'stó fillando estos sapinos, que son más mal enfaracháus que el demonio; han cada tranca (mordiendo una manzana silvestre) que lo mejor día amaneceré con la lengua foradada.
Marin. ¿Y aún sigue usté la moda isha de comer manzanas de mon pa fer saliva? Agora iz que venden un aguardiente en lo'stanco, que ye de lo que no vi ha pa remullar la garganta; si yo hese á filar ishos sapinos, todas las tardis men bebería, cuando menos un cuateronet.
Marig. Pos ¿cómo l'hemos á beber, si no viemos de ciento á viento una mala cuaderna? No l'he probáu desde qu'al principio de la sanmigalada men facieron en los de Cheto una libra, porque sen iban á puyar los hombres ta Peralta á cremar una miqueta de carbón; ¡ya l'hemos bien empleáu ya, lo triballar tanto para vivir con tanta miseria y con tantas penas! Yés siempre sujeta en ta lo triballo, como el perro á la cadena; hoy, fendo los güertos; mañana, sembrando trufas, agora regando, después escardando, espedregando, entrecabando, recalzando, segando, trillando, esfarachando, filando; en una palabra, que siempre vés corriendo y siempre plegas tardi; no'n paras un istante: de los Gabardito, ta Campo Vaqué, de Campo Vaqué, ta Río Canaral; de Río Canaral ta la Pardina; de la Pardina, ¡qué mi sió! Ta los infiernos; si has calcero, ves despullada; si has una mala basquiña, llevas las abracas á pitanzas; si te desayunas, ya no chintas. ¡Conque ya veyes si'stamos bien para permitirnos ishos lujos d'aguardientes!
Terubia Tía Marigusefa; usté que ye la corneta de lo barrio, ¿no ha sentíu dicir nada? Iz que li ha traíu á Emilia lo zaragozano ishe un traje de boda, que aquello pa que...
Marig. ¿Ya sen son tornáus de Jaca?
Terub. Esta tardi creo qu'han plegáu; y según contaba esta mañana en la fuén la criada de Childopez, li han feito una falda y una brusa de raso negro con encajes negros tamién, que aquello encanta; medias de seda con unas camilegas más emperifolladas que todas las cosas; zapatos de charol, mantilla de blonda y un juego d'anillos y pendientes, todos de oro, con piedras d'ishas que relucen desde lejos y valen tanto, que cuesta un sentido: creo que lo se metié en casa l'otra tardi y aquello iz que yera lo reclamo de toda la chen. Todos iz que se paraban á mirarla; claro: como ella ye tan guapaza y camina con tanto garbo y con tanta ishes, pues no ye extraño...
Marig. Pues chica, con todos ishos perifollos, fará muyto goyo de vierla lo día de la boda.
Maring. Aunque solo siga pa itarli una gollada encima, nos n'hemos á ir acucutar ta lo rinconet de la puerta Corrutaco; desde allí ya la podremos vier cuando puye por las escaleretas de la Iglesia.
Fel.   Vusotras con isho'staz bien; muyta tierra en América, muytos perifollos y á malas faineras que no vos gane ninguno.
Estef. Uf, estrucios; vusotros si que no n'hez rastro de vergüenza, que vos casaz igual que si se casasen los perros; güena honra se nos fá si hemos nusotras algún cuartot pa comprarnos vel enredo, que lo qu'es á tama güestra...
Ric.    ¿Q qué querez que vos regalemos? Como no vos compremos alguna cabezana.
Cel.    Isho, isho, ye lo qu'han menester.
Maring. Mira qu'amorosos los cepurrios estos; á vusotros si que vos fa falta un chugo bien ancho y u nagullón con la punta bien esmolada.
Pasc. (Desde fuera del escenario llama con toda la fuerza de sus pulmones). ¡Tía Marigusefaaaaa!
Marig. (Gritando también). ¿Qué quiés?
Pasc.   Bashe corriendo, que li han dáu un tanto á la gallina cenizosa y li han crebáu una pata.
Marig. ¿Qué dices?
Pasc. Que bashe corriendo, que li ha arreáu lo zagal de Berzuz una volada á la gallina cenizosa, que l'ha dixáu sin conocimiento.
Marig. ¡Ah ladrón! Así t'heban haber crebáu á tú la lengua. (Estas palabras las pronuncia saliendo ya del escenario en dirección a donde está el chico que la llama).
Marig. Mira que son rematáus y malos los críos ishos! Ves agora, la pobre muller qu'ha fer, si se queda sin gallina; malo si lis dice algo y peor si no lis dice nada.
Estef. ¡Ah! Pues chica, que no ye curta de lengua; no hayas miedo, que si li han crebáu la pata á la gallina, ya se defenderá buen, ya.
Maring. Toma, sí, una por una que li creben la pata á la gallina, que después ya podrá despepitarse todo lo que quiera.
Estef. Uf... ¡Cuántas n'habrá crebáu ella!
Maring. ¿L'has visto tú, que n'crebase alguna?
Estef. Más de cuatro.
Marig. (Entra Marigusefa con la gallina en la mano, como si tuviera la pata rota y dice con acentos de desesperación). ¡Ay, Dios mío! Qué ve'star esto. Mo n'imos haber güelta güena. ¡Amos te parez á tú! Hébanos en la Tellería un eret de cebollas que feba goyo de vierlas, y de la tardi á la mañana nos trovamos con las codas; un trocet de remendina qu'hébanos sembráu en lo cubilar de lo Gabardito, lo se comieron los canalizos que no isheron ni teshillos; l'otro día, l'alguazil qu'iba dando ishas boletas á los perros, sen dishé una en la carretera Cotet, que la itaría pa vel cán, y por qué arte del demonio vé á tropezar con ella la cerdeta nuestra, qu'habié un cólico qu'a poco se nos muere, con que fá tres ú cuatro días yera lavando unos enredez en lo puen alto, vo á'stenderlos ta la paret de lo Fashinadero, y pa cuando me querié tornar, ya m'heban furtáu la pieza de jabón que vin habría cerca de meya libra: y agora ya lo viez, la gallina cenizosa que yera gorda como un crabito m'amanece con la pata crebada (Mirando la gallina) ¡Ay, pobre animal! Si ha la garra'smicazada. Cá, no, imposible; si no habrá cura (Con más desesperación). Pero ¿porqué no lin vendería yo á la carabinera Guallar, que me daba l'otro día tres pesetas? ¡Ay, infame! Ojalá te sen hese íu la mano de zaga. Vaya, men vó corriendo á mirar si trovo en casa á lo mairal de Molinero, que l'he visto pasar esta tardi por la Cruz, para que li meta unas tachetas á mirar si me la puede curar. Ya no faltaría más sino qu'agora l'hésenos á matar pa fer caldo de gallina. ¡Ay! Pos no n'hemos á menester, no, de caldo de gallina agora.
Terub. Tía Marigusefaaaa, no se desepere, no, que lo que pierde lo bolsillo, lo cuerpo lo gana.
Marig. (Al salir del escenario). ¡Ay! Sí, chica; á tú güen decirlo te fá...
Maring. Tornando ta la conversación d'Emilia, dicen que los de Childopez itarán la casa por la ventana lo día de la boda.
Terub. Chica, chica; pues no será nada isho, ya han dicho qu'iz qu'han compráu dos vetiellos, diez guites, dos docenas de pollos y cinco ú seis ovellas para cocerlo todo á calderetas y repartirlo á todos los que'n quieran.
Estef. ¿Y qué fará lo pobraz de Pedrangel en vista de todo isho? Esta mañana l'he visto y feba una cara de levadura, que no pareceba lo mismo.
Fel. (Llama a Pedrangel, que pasa por la puerta de Leneta en direccióna la Cruz). Pedrangel, ascuita dos palabras.
Ped. ¿Qué quiés?
Fel. Viene, que ya ten vés enseguida.
Ped. (Acercándose). Güenas tardis.
Todos Güenas.
Terub. ¿No te chillan las orellas, chico?
Ped.   No he notáu nada.
Terub. Pues de tú estábanos charrando.
Ped.   Hesez otros quefés no vos ocupariaz de lo que no vos importa, ni vos meteríaz en do no vos claman.
Terub. ¿No vis iz que no nos importa? Si en todo lo lugar no se fabla d'otra cosa; en la fuén, en los bailes, en las calles, en los cafés, en lo'stanco, en todos los puestos en do se trovan dos hombres ú dos mullés, ú un hombre y una muller, no vi ha otra conversación, ni se fabla d'otra cosa que de la dichosa boda. ¿Qué quiés, que sigamos nusotros los únicos que no fablemos de ella?
Ped.   Pero ¿y por qué vos hez á ocupar de ella? ¿No ye una boda como cualquiera otra?
Terub. ¿Qu'ha'star? Si ha dáu que fablar más que los carlistas.
Ped.  Vayanos á cuentas; ¿no vi ha habíu nunca en Hecho una moza qu'al mismo tiempo haya'stau rondada por dos ú tres mozos?
Terub. ¡Ay! Sí chico; yo misma'gora sin estar tan guapa, ni tan güena moza como Emilia, y sin que por isho se me pueda clamar vana, n'he tres, y que no me disharán embustera, porque uno por uno podría nombrarlos a todos.
Maring. Anda, ya lo creo; y siete más que sen han reculáu cuando han sabíu que ya hebas ishos tres.
Terub. Mira, Maringracia; no me fagas soltar la lengua, ni m'obligues á que te saque á relucir todos los trapos de la colada, ¿oyes?... porque si son siete ú son seis, puede que te viese bien contenta con alguno de los que yo he despreciáu.
Maring. En isho tamién has razón; bien contenta me vería si me pillase aquel hombret d'Urdués; porque la verdá ye que anque fuese una miqueta legañoset y chivoso, años no n'heba más de cincuenta, y no yera mal parecíu; además, creo qu'heba un pallar, un gortet, una burra y una fasha en lo cerro de Romaciete; de manera que por ishe costáu tampoco hese estáu mal partido.
Terub. ¡Amos! ¿Has visto la degrandísima no sé qué?
Ped.  Güeno, basta; conque vi ha mozas, según dice la mesma Terubia, que han dos y tres novios, no ye extraño, pues, qu'Emilia los haya habíu: ¿n'hez visto alguna que se casase con dos á un tiempo?
Terub. No por cierto: como no siga en segundas o terceras nuncias...
Fel.    ¿Pero agún no hez caíu en lo que isha boda se diferencia de las demás?
Todos ¿En qué?
Fel.    Pos se diferencia en que en las otras bodas, lo novio que li tira la novia al otro ye porque no puede, y muytas veces vi ha por una moza discordias, tochadas y hasta muertes; aquí pasa todo lo contrario; uno de los dos novios, lo que más quiere a la novia, precisamente y lo que más vale, ye tamién lo qu'ha más empeño en que la novia se case con l'otro, y lo más raro ye que Juanito trova lo camino desbrozáu y á pesar d'isho ha como recelo y agún miedo de pasar adebán.
Ped.   Pero no sabiendo como no sabez de la misa la meya, ¿porqué vos metéz á charrar?
Fel.   Dishate'star de fatezas; lo lugar entero sabe lo que vi ha en ishas relacions; que lo zaragozano ye un pillo de siete suelas y un granuja de marca mayor; que Emilia ye una mesacha formal y de prendes, que quiere a lo zaragozano, no por quererlo ni porque li aime, ni porque haya entusiasmo por él, sino porque li dié palabra y quiere cumplirla; que tú quiés á Emilia, pero que no quiés desfer ishe compromiso; que Emilia te quiere a tú y que ellos habrán muy mala suerte como se casen, y tú l'habrás peor como no te cases con ella.
Ped.  Sí, Felipe; ye verdá lo que has dicho, y no he porque ocultarlo, pero ishe juramento d'Emilia ye un nugo que los ha ligáu a los dos; además, desde fá unos días me'ncuentro cambiáu d'alto en ta basho y só otro; yo me pensaba antis que yera más hombre aquel que menos miedo heba, y anque nunca m'ha gustáu faltar ni poco ni muyto á ninguno, y en todas las ocasiones he procuráu estar prudente, no he más remedio que confesar que heba cierta pretensión de qu'en ta do otro iplegase vi plegarúa yo, y de que nunca hese dáu un paso en ta zaga por ningún hombre, pero agora m'he convencíu de que vi ha menester más valor para peliar con los vicios y con los sentimientosishos que nacen de lo corazón que para defender de los carabinés, á tiro limpio, los paquetes de contrabando; un hombre ye valiente y sereno, cuando se sabe dominar, y si conviene no ir ta lo café no ivé, si ha dishar lo tabaco, lo desha en seco, si lo emborracharse li perjudica, no pisa más la tabierna, y si lo corazón yé triste por cualquier percance de familia, d'hicienda, de pedregada ú por cualquier desencanto, peliar mano á mano con isha tristeza y plantarli cara, como lo qu'ha puyar ta Santana lin planta á lo cierzo que sofla por la peña Jaín; yo n'he pasadas muytas de peñas y pensaba que pronto me llevarían ta lo campo Agustín; pero dice una jota, y yé verdá, que lo preso plega hasta haberli cariño á lo calabozo, y así m'ha pasáu á mí; todas las noches cuando m'ito en la cama, me meto á pensar en ishas penas, y cuando más vi pienso, más chiquetas me parez que ven tornando.
(Entra Juanito en el escenario, con los ojos desencajados y agitado, como quien va a tomar una grave resolución).
Jua.  ¡Pedrangel! (con apasionamiento e indecisión, que llaman poderosamente la atención de los circunstantes). Tú eres el cheso más noble, más bravo y más generoso de todos, tú me salvaste la vida del cuerpo; a tí vengo para que me salves también la vida del alma; con todas mis miserias y calamidades, me entrego a tí con la misma, con más confianza con que me entregaría a un santo, a mi misma madre, porque tú eres bueno hasta la santidad; yo no debiera tener en este pueblo más enemigo que tú, porque a tí solo te he hecho daño y, sin embargo, tú eres mi mejor amigo, mi más constante y decidido protector. (Todos los demñas hombres y mujeres, quieren lanzarse sobre Juanito en actitud amenazadora. Pedrangel se coloca en medio y dice con energía):
Ped.   ¡Atrás todo el mundo! (Se retiran y prosigue Juanito).
Jua.  Pues bien, ya sabes en qué condiciones se va á hacer mi boda; mi alma es muy pequeña y muy ruin, pero la de Emilia es muy grande; yo quisiera que en el momento más solemne, cuando estemos delante del altar, en el instante mismo en que la bendición del sacerdote vaya a unirnos para siempre, hubiera allí otra alma grande y generosa también, que ocupara el vacío que la mía ha de dejar forzosamente; vengo de casa de Emilia; he visto a su hermano Jerónimo, y con voz que me hace temblar todavía, me ha dicho: «Si dicíndoli á mi'rmana lo que yeras, anque heses estáu un perro, ella t'hese queríu, yo m'hese sometíu y hese sujetáu la voluntá mía; pero habiéndola engañáu como un falso, dicíndoli y féndoli crier una cosa por otra, corto desde agora mismo toda relación con tú y con ella; no te m'acerques, pues, ni antis de la boda, ni para la boda, ni dispués de la boda». Jerónimo y tú sois los que más queréis a Emilia; él la abandona en un momento supremo, cuando el alma, agitada por impresiones fuertes, necesita una palabra cariñosa, una mano amiga y una mirada dulce (con gran energía). ¡Pedrangel! ¿La abandonarás tú también?
Ped.   Nunca.
Jua.   ¿Permitirás que ella muera de tristeza?
Ped.   Si ye en mi mano evitarlo, jamás.
Jua.   ¿Nos acompañarás tú a la Iglesia?
Ped.  Sí.
Jua.   ¿Serás testigo de nuestra boda?
Ped.   Sí.
Jua.   (Emocionado y como quien coge la mano de Pedrangel para besarla). Dame a besar esa mano, que besaré la mano de un santo.
Ped.  (Rechazándolo). Anque la besases, no besarías más que la mano d'un hombre homráu. Veten d'aquí; fá lo que siga menester y no hayas miedo; yo vos acompañaré ta la Iglesia, faré de testigo y comeré en la mesa güestra lo día que vos casez; después men tornaré ta lo costáu de mi madre y con ella m'estaré hasta que zarre los güellos; y en qu'ella muera, si ye que muere antis que yo, libre como los pasharicos para volar ta do me dé la gana, aquí m'habrez pa todo, si querez, venderé las bordas y lo pallar pa meterme á servir en casa güestra, y si no querez faré lo que li dicié á Emilia ya fa días; yo no he habíu más qu'un amor que m'implié lo corazón, y como lo corazón mío ye sano y ha las parez muy fuertes, allí ye encerráu y nunca se'n escapará, y si alguna vez se'n escapase, dezaga dél iría tamién lo corazón y con lo corazón la vida.
Juan. (Emocionado). Gracias Pedrangel, gracias, la actitud de Jerónimo es para mí como una nube negra preñada de tempestades que habían de robar la tranquilidad de nuestro hogar, tu generosidad y la grandeza de tu alma serían también para mí otra nube negra que, en forma de remordimiento, aparecería allá en lo más oculto de mi conciencia y me robaría la tranquilidad y la paz del espíritu: tempestades que vendrían de fuera; tempestades que saldrían de dentro; todo negro, todo triste; todo horroroso. ¡No! No, no puede ser. Para eso se necesita un alma grande, templada por el dolor, como la de Emilia, como la de Jerónimo, como la tuya. (Reponiéndose y con energía). ¡Pedrángel! Se cambiaron los papeles, me habéis enseñado a ser fuerte, y lo seré; ahora te digo, ahora te mando que te cases con Emilia; y yo seré el único que puede romper el lazo que a mí la une, lo rompo; ella te ama con efusión, con entusiasmo delirante, con verdadero frenesí, como tú la amas a ella; a mí me quiere por el deber, por la bondad, por el juramento; desde este instante queda desligada de él; casáos y sed felices; yo seguiré amando a Emilia con religioso fervor y con respetuosa consideración, como se quiere todo lo que es grande, todo lo que es hermoso y todo lo que es sublime.
Todos. ¡Bien por Juanito! ¡Que viva Juanito, bravo, bravo! ¡Que venga Emilia!
(Mientras van en busca de Emilia, se agrupan todos alrededor de Juanito y Pedrangel, felicitándoles con algazara y regocijo por la solución que facilita el buen acuerdo de Juanito).
Emilia (Los asistentes la felicitan por el desenlace y ella protesta y dice): Juré casarme con Juanito y con él me casaré.
Jua.   Emilia: el lazo que a mí te une es un lazo débil, externo, artificioso y falso, el lazo del juramento que se apoya en un engaño; el que te une a Pedrangel es un lazo natural, fuerte, robusto, incontrastable; es el lazo del amor que nace del corazón: rechacemos los juramentos artificiosos y respetemos el amor verdadero y santo.
Todos ¡Bravo, bien, vivan los novios!
Terubia (Desde el proscenio)
Esta comedia'scribié
uno fillo de lo lugar
aplaudirla, si querez,
si no, la podez chiflar.


FIN DE LA COMEDIA

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